Aquella tarde mientras me hablabas de todo lo que te había pasado, me fui de la mesa. No físicamente, pero mientras seguías hablando, ya no estaba. Porque de repente me sentí cómo un antiguo héroe de leyenda. Cómo un estúpido rey Arturo luchando contra los sajones, en nombre de Britania y Ginebra, sólo para que Lançelot se llevara a la chica.
Fue como descubrir al asesino, justo al principio de la película. Nada de lo que yo pudiera hacer o decir iba a cambiar el final. Y quería decir y hacer muchas cosas. Quería coger tu mano, cambiar de tema, jugar a seducirte. Hablar de arreglar el mundo, mientras ibas confiando un poco más en mi. Interrumpir de vez en cuando tus frases, con un comentario que te hiciera sonreír. Buscar las palabras improvisadas, para ir reduciendo el espacio que nos separaba. Sin embargo, me descubrí luchando contra todas y cada una de tus palabras. Las que me ponían en la categoría de amigo, las que construían un muro que no ibas a dejar que derribara. Cómo Don Quijote contra los molinos de viento. Primero al galope, un instante después abochornado y descuajeringado.
Y a pesar de todo seguí allí, clavado a la silla, interpretando a la perfección mi papel, el que tú me asignaste, el único que quedaba vacante. No fue culpa de nadie, pero fue rotundo. Cómo la derrota del héroe en su primera pelea contra el villano. En los cómics es una convención, pero aquella tarde fue toda una declaración de intenciones.
Ahora sólo me queda la excusa de tus mensajes, en los que quiero ver algo más de lo que dices, a los que les invento líneas intermedias que infundan valor a la tropa antes de la última batalla. Es más fácil que renunciar ya a ti. Porque has llegado justo en el momento en el que me siento preparado, después de tanto tiempo, me quiero arriesgar de nuevo. Así que voy a mandar tocar a degüello, al abordaje, sin concesiones y sin hacer prisioneros, una última carga de caballería, a todo o nada. Y te aseguro que no es por hacerme el héroe, que sé muy bien que a la mayoría acaban llevándoles flores a la tumba. Es porque tengo la estúpida impresión de que, al igual que en las películas siempre ganan los buenos, esta vez va a salir bien.